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Lo que aprendemos de una tragedia

TERREMOTO DE LORCA LA LOCALIDAD MURCIANA INTENTA AFRONTAR CON ESPERANZA EL FUTURO
Bajo el destrozo de los terremotos los lorquinos ofrecen permanentes lecciones se superación · La vida en la ciudad se recupera del enorme vacío que la dejó vacía y llena de miedo.
He vuelto a Lorca, donde la vida me llevó hace años y si antes me iba a resultar difícil olvidarla, ahora sencillamente no puedo. Lo que viví durante unas horas entrará en la memoria de mi disco duro particular, aquel del que salen las batallitas que los años van acumulando y que no hay manera de que se remitan a la papelera de reciclaje

Lo primero que me dejó helado fue el silencio. La atrocidad salvaje de lo que allí pasó sin que nadie lo mereciera, transformó unas calles llenas de vida en el templo de la nada, en el vacío más atroz de una existencia que parecía no existir. Sus habitantes huían de las que fueron sus casas. Me fue imposible encontrar una sin daños, sin cascotes, sin paredes que se vinieron abajo, sin escaleras por las que no podía subir nadie, sin habitaciones con muebles que no se hubieran estrellado contra el suelo, sin portales que no daban la bienvenida y sin calles que no estuvieran sembradas de una serie interminable de lo que unos segundos de un ruido atronador transformó en un silencio que ahogaba hasta la propia respiración. 

No hay imagen que lo describa a pesar de las cientos que mi otra mitad en esas páginas, el fotógrafo Javier Alonso, captó con un asombro en el objetivo desde la primera hasta la última. Son las lágrimas de personas que asumen que nada volverá a ser igual, la desesperación en la mirada a un militar que con un spray de pintura en la mano decide no sólo si hoy puedes dormir en tu casa, sino simplemente si puedes entrar para ver lo que ha quedado de ella. En cada portal de Lorca vi a vecinos rodeando a esos personajes de mono negro y alma blanca que en medio de la desolación aún tenían ocasión de llevar el brazo al hombro de una anciana y decirle en voz suave, "¿lo ve señora? ¿Ve como puede entrar en su casa? No vaya a esa habitación de momento, pero en el resto puede hacer su vida normal". Una sonrisa despertaba de nuevo el llanto que ocultaba las gracias que la señora no podía pronunciar. 

Si la dulzura existe, vive en el convento de las Hermanas de Santa Clara. Humildes hábitos negros, medallas al cuello y una mirada que no querían ver lo que tenían delante de sus ojos. Sus teléfonos móviles les traían la solidaridad de conventos de todo el país. Les ofrecieron hasta uno en Palencia que rechazaron por la distancia. Delante de sus gafas, un campanario de tres campanas que un milagro mantenía en precario equilibrio y que esperaba una brisa para venirse abajo, unas residencias en las que sus pocas pertenencias no podrán ser rescatadas, un cementerio con los restos aún recientes de una de las suyas que las dejó sin ver como la tierra se abría ante ellas, un Sagrado Corazón rescatado de los escombros. Ni un reproche salió de sus labios, todo lo contrario: daban las gracias a Dios porque estaban todas. Ni una desesperanza en sus pensamientos; todas quieren mirar al futuro y volver a una ciudad de donde no se han ido desde hace más de seis siglos. 

A pocos metros de la agonía de su convento, se extiende la desolación que provoca una prueba más de que las desgracias se ceban en aquellos que menos tienen. En Lorca hay muchos que tienen su otra casa en la costa de Águilas o en alguno de los cortijos de las interminables pedanías del que es el municipio más extenso del país y que han servido de improvisada red de residencias provisionales. En la Huerta de la Rueda están quienes no la tienen. 

Dos, tres mil personas aún comparten lo que perdieron y lo que tienen, el apoyo de sus vecinos de infortunio. La vida les tenía preparado este regate y junto al Guadalentín se han ido a enjuagar sus penas. Niños, cientos de niños, destinatarios siempre del calificativopobrecitos, dan lecciones de como afrontar algo que parece inasumible. Ajenos a todo, juegan con lo primero que cae en sus manos, una botella vacía, un envoltorio o una caja de comida del Ejército Español. Caras de sueño, cuerpos destrozados de cansancio y lo que es peor, la desesperación en cada gesto que esconde la lejanía de un mañana que ni tan siquiera se adivina. 

La ciudad volverá a llenarse del sonido de la vida que regresa. El duelo por las nueve que se perdieron entre sus edificios cicatrizará más tarde que pronto y los lorquinos recorrerán sus calles nuevamente. Lo que no podrán olvidar es lo que les llegó del mismo suelo sobre el que pisaron durante tantos años. Aquel que un día reclamó su venganza contra no se sabe qué. Unos segundos, un estruendo interminable, una ciudad que ya no era lo acogedora que parecía. En unas horas me convencieron de que van a hacerlo. Les costará un mundo, pero seguro que lo harán. Se han dejado a nueve en el camino, pero quedan miles para continuar mañana y pasado mañana. Es la gran lección que miles de lorquinos me volvieron a enseñar varios años después.

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